
Ilustración: Dominic Murphy
Llevaba un tiempo en que todas sus creencias habían empezado a tambalearse, ya nada estaba claro y aquellas vacaciones eran una pausa que marcaba el cierre definitivo de un capítulo y el interrogante que se abría ante lo que estaba por venir. El lugar escogido para pasarlas, la costa Este de Almería, representaba un recordatorio de otras vacaciones en la zona, en otro momento muy distinto, cuando para ella todo eran seguridades y nada hacía presagiar que se pudiera presentar una crisis de aquellas características. La compañía elegida para disfrutarlas, su hermano Alfredo, le proporcionaba algo de la seguridad de lo sólido e imperecedero ahora que ya nada lo era, de lo poco que del pasado iba a poder conservar en el futuro.
La mañana se había despertado tan luminosa como sólo es posible ver la luz en esa zona del Mediterráneo y el sol había empezado a caldear el ambiente con la intensidad de un final de julio, augurando un día de calor sofocante sólo soportable bajo una tupida sombra o con un baño en las cristalinas aguas de alguna de las tranquilas playas que por aquella zona todavía se podían encontrar pese a la avidez urbanística de las inmobiliarias. Decidieron optar por la segunda opción y se dejaron transportar, sin rumbo, hacía dónde la carretera les quisiera llevar.
La cala que se vislumbraba al final del rocoso acantilado era diminuta, casi de juguete vista desde la altura y, en ella, grandes piedras formaban terrazas que eran como solariums particularees que conferían intimidad a quienes quisieran disfrutar del lugar. Tan sólo unas pocas personas habían accedido a la proximidad del agua y, menos todavía, se habían instalado en la arena. La brisa era suave y fresca e invitaba al descenso.
A medida que se iban aproximando a la zona observaron sin demasiada sorpresa que quienes allí se encontraban practicaban el nudismo, como es habitual en muchos lugares de esa costa. Ella nunca había practicado nudismo aunque sí que conocía personas que lo practicaban, como su propio hermano; le parecía una actividad de lo más natural esa de desprenderse de todo lo que pudiera esconder la propia realidad, porque para ella no había mayor realidad que el cuerpo desnudo, sin artificios de ningún tipo, sin esas telas que cubren y esconden, que proclaman sin palabras la propia personalidad y el estatus al que se pertenece. Nunca, tampoco, se había imaginado a sí misma practicándolo, pensaba que aquello no iba con ella, tan convencional y comedida, tan conformista con su vida y con su destino. No se imaginaba mostrando en público ese cuerpo ya maduro, con la piel que había perdido la tersura y el brillo de la juventud; con las estrías como huellas que recordaban el paso del tiempo y el nacimiento de su hija; con los pechos que, sin el soporte adecuado, tendían a mirar solamente hacía abajo; con los muslos y las caderas que mostraban los cráteres de una ligera celulitis…
Una vez elegido el emplazamiento, Alfredo empezó a quitarse la ropa con total espontaneidad, ella sin embargo se mostraba remisa.
--¿Te da vergüenza?—le preguntó su hermano.
--Je, je… un poco, no suelo desnudarme en público y me siento cortada.
--¿Prefieres que busquemos otro lugar? –le sugirió.
--No, éste está muy bien. Quédate tranquilo, yo iré a dar un paseo…
Ella cogió la bolsa y la toalla y empezó a caminar entre las rocas mientras iba pensando en aquella situación que se había presentado de improviso. Observaba los pocos cuerpos desnudos que había a su alrededor y descubría que ninguno era perfecto o, quizá, que cada uno presentaba una perfección diferente; había personas de todas las edades, el grupo más numeroso era una familia con niños, y todos ellos, a pesar de ser parecidos, eran completamente distintos. No eran sólo las diferencias debidas a la edad o al sexo, eran diferencias en el tamaño de las diferentes partes de su cuerpo, en el color de la piel o en su textura… A pesar que alguna de las personas presentaba un apreciable sobrepeso, la naturalidad con la que se comportaban, le hacía ver la belleza de cada uno de aquellos cuerpos desnudos, de la misma manera que las arrugas que veía en los cuerpos menos jóvenes le hablaban de vivencias pasadas, de experiencia y de sabiduría.
Siguiendo en su avance llegó a una roca que estaba algo más elevada que las que se encontraban cerca de la orilla del mar, al detenerse sobre ella advirtió que allí estaba más aislada del resto de las personas que tomaban el sol o charlaban en la playa. El sol caía con intensidad y aunque había una ligera brisa notaba que el sudor humedecía casi todo su cuerpo. Extendió con cuidado la toalla sobre el suelo irregular de la losa y empezó a quitarse el vestido que la cubría, a continuación se quitó el sujetador del biquini dejando sus pechos al aire mientras sentía como el aire marino la refrescaba, y, sin pensárselo dos veces, estiró uno de los extremos del lazo que formaban las tiras de la braguita del bañador del lado derecho para deshacerlo y después la del otro lado hasta que el pequeño trozo de tela cayo al suelo entre sus piernas. A continuación se estiró sobre la toalla cerrando los ojos y sintiendo la caricia de los rayos del sol, dejándose llevar por la sensación de calma y bienestar que le transmitía el silencio y el calor y la de libertad que le proporcionaba su cuerpo desnudo.